El Club de los Poetas Muertos

Donde los sueños se funden con la realidad.

jueves, diciembre 22, 2005

¿Sabes qué?

-¿Sabes qué? Los corazones de los justos arderán en una hoguera de camping, y los impuros entonarán canciones de paz y amor, autoengañandose y engañando al mundo.
-¿Sabes qué? El arrepentimiento y el miedo, por honorables que te parezcan, te acosarán durante toda tu vida, ahógandote si pueden.
-¿Sabes qué? Bañarte en mentiras y en lágrimas rotas te hará sentir mejor, pero sólo por poco tiempo.
-¿Sabes qué? Si hay que llorar es conveniente hacerlo, pero si ves que alguien no quiere (o no puede) no se lo pidas, porque no lo hará.
-¿Sabes qué? Todas las personas tienen lágrimas por derramar, si hay gentes que se las tragan dejales solos con su pena, pues lo habrán podido y lo podrán aguantar.
-¿Sabes qué? Para odiar hay que esforzarse tanto como para amar, por eso poca gente te odiará.
-¿Sabes qué? Olvidarse de tus anhelos mientras ves como son aplastados contra el suelo no es fácil, pero realmente te liberará.
-¿Sabes qué? Si has sufrido, si has vivido mucho, guardatelo para tí, a menos que de verdad encuentres a alguien que quiera escucharlo.
-¿Sabes qué? No sé que escribo, ni por qué.

domingo, diciembre 18, 2005

Colgante

Mirate al espejo.
Sonries, estás radiante, en estos momentos debes de ser una de las mujeres mas felices del mundo. De tu cuello cuelga un colgante que él te ha regalado esta noche. Es un pequeño trozo de metal, informe, que pende de un cordón de lino que rodea tu cuello. Recuerdas sus manos, suaves, habiles, poniendotelo, mientras tu te sujetabas el pelo. En ese momento un escalofrío ha recorrido cada centímetro de ti, y tu piel te ha dejado en evidencia, poniendose de gallina, el lo ha notado y te ha sonreido con complicidad, luego te ha besado el hombro que llevas semidesnudo y habeis seguido cenando. Ahora, al recordarlo, el escalofrío vuelve. Sonríes.

¿Recuerdas como lo conociste?
Si, fue una de las coincidencias mas exquisitas de tu vida. El amigo de una amiga de un amigo en una fiesta a la que no tenias ganas de acudir, pero como ya te habías comprometido, no había marcha atrás, por suerte. Tenías calor, el bochorno de esa noche de verano te estaba asfixiando, te fuiste hacia la zona mas alejada de la gente, en la terraza, donde la brisa marina refrescaba tus pensamientos. Él vino y te ofreció una copa, tu sonreiste, hablasteis, os disteis telefonos para volver a contactar.

Y ahora hace apenas cinco minutos que has bajado de su coche.
Te has pasado todo el trayecto mirandolo, jugueteando con el colgante. Él, de vez en cuando, al parar en los semaforos, se giraba hacia ti y te acariciaba el rostro con la mano, o te susurraba algo al oído, o simplemente, se te quedaba mirando. En un par de ocasiones te has sonrojado, entonces no has sido capaz de aguantarle la mirada y has apartado tus ojos de los suyos. Al despediros te ha dado un suave beso en los labios... no sabes como lo ha conseguido, pero has vibrado, tienes la seguridad de que lo vas a recordar durante muchisimo tiempo.

Te quitas los zapatos y te tumbas en la cama, sonriendo, como has hecho toda la noche. Cierras los ojos para recordarlo, apenas han pasado unos minutos y ya le echas de menos. El collar pesa y te molesta en el cuello, empiezas a buscar el cierre pero te cuesta encontrarlo, tu pelo te dificulta la tarea. Deseas que él esté aquí para quitartelo, y que no se parase con el collar, que siguiese con la ropa, que te desnudase, que acariciase, que besase tu piel aterciopelada, que amase a tu cuerpo, imperfecto pero bello.

Sigues sin encontrar el cierre, el cordón de lino se empieza a liarse con tu pelo, te angustias y te da la sensación de que cada vez el collar pesa mas. Intentas tranquilizarte, sabes que son imaginaciones tuyas, que es sólo causa de la ansiedad que te provoca no poder desatarte el collar.

Pero el peso no deja de augmentar. Sigues sin encontrar el cierre, ¿pero estas segura de que lo tiene? ¿Acaso lo has visto en algún momento? No, él te lo ha puesto, pero en ningún momento has visto por donde se abría y cerraba. La ansiedad sigue aumentando, ahora sabes seguro que no es una ilusión, tu cuello empieza a irritarse por la fuerza del trozo de metal al estirar el cordón, te cuesta respirar. Intentas, en vano, aliviar la presión poniendo tus manos entre tu cuello y el collar. Es inutil, cada vez va a mas, los dedos te sangran, la fuerza del collar hace que gradualmente los apartes mas, hasta que al fin vuelve a llegar a tu cuello. Un grito ahogado sale de tu boca, te falta el aire. En unos segundos notas como pierdes el sentido, toda resistencia es en vano.

Te desmayas. Resistencia cero, tu cuello empieza a sangrar, el colgante tiene libertad de movimientos. Dejas de respirar y tu último latido marca el término de la escena final.

jueves, diciembre 15, 2005

Actriz

Se abre el telón. La actriz principal sale al escenario, y el resto del elenco se vuelve aburrido, mediocre, invisible.

Todos los ojos están en ella, y no es para menos. Es encantadora, abrumadora, brillante. Su presencia encandila a cuantos la contemplan. No hay otra igual.
Su rutilante figura es contemplada por los ojos de damas envidiosas, caballeros platónicamente enamorados, villanos lascivos y niños entusiasmados. Su rostro, a medio camino entre el de una muñeca perfecta y una virginal niña, destila ternura, belleza y alegría. Su voz podría provocar la envidia de los mismísimos ángeles. Es perfecta.

Su dedicación es plena. Pese a que no vive de esto, pese a que no es profesional, asume los sacrificios que sean necesarios por su público. Ensaya continuamente, estudia minuciosamente su papel, analiza hasta el mínimo aspecto de la obra y de su personaje durante el tiempo que sea necesario para realizar una interpretación sublime; y lo logra.
Su marido apenas la ve, demasiado agotado al venir del trabajo para contemplarla en el teatro sin dormirse. No entiende qué ve ella en su hobby, pero no se interpone.
Su hijo está enfermo, y requiere los cuidados continuos de su mejor amiga. Ésta accede encantada, pero más de una vez se pregunta por qué no puede cancelar una actuación, sólo una, para pasar una noche con su hijo.

Ellos no lo entienden. No sienten lo que ella al saberse adorada, deseada y amada por masas de desconocidos que darían el alma por compartir una cena con ella. No comprenden que ella encuentra en el escenario lo que nadie puede darle fuera de él.

Sus amigos la han visto cancelar su asistencia a varias citas, fiestas y compromisos varios. Pasado un tiempo, la llamaban con menos frecuencia. Después, ella dejó por completo de ir con ellos, y ellos desistieron de seguir llamándola. Ella ha elegido.

Y es feliz. Mucho. Cada vez que termina la función, los aplausos le recompensan el esfuerzo invertido, las horas de sueño perdido, las relaciones deterioradas o desaparecidas. Lo vale, vaya si lo vale.

Los aplausos desaparecen y la relación con su público acaba. Todos los espectadores se marchan, pese a que la divina actriz daría su alma por compartir una cena con ellos. Les adora, les desea, les ama, pero ellos se van y ella no puede evitarlo.
Se quita el maquillaje y se contempla en el espejo de su camerino, de nuevo ella, de nuevo real, de nuevo una mujer de carne y hueso en lugar de una diva. En ese momento, como todas las noches, se pregunta en lo más hondo de su corazón qué es tener un marido que aún la quiera y la espere en casa, un hijo que la recuerde y que desee sus abrazos como cualquier otro niño los de su madre, amigos con los que compartir charlas, risas y tristezas. Pero no puede evocar ese rincón, ya tan lejano, de su memoria. Y pese a que no recuerda lo bastante esas sensaciones como para echarlas por entero de menos, sí sabe que ha dejado de sentir algo que su público nunca podrá darle. Sabe, en lo profundo de su alma, que sus amigos y familiares la querían a ella, no a la diva; amaban la verdad, no la fachada. Con ellos nunca necesitó maquillarse, ensayar o estudiar un papel para obtener su amor incondicional.

Pero ya es tarde.

Se cierra el telón. La actriz principal está sola en el teatro, y se vuelve aburrida, mediocre, invisible.

sábado, diciembre 10, 2005

La "novata".

El profesor tamborileaba los dedos sobre la mesa y miraba de un lado a otro con nerviosismo. "Esto me pasa por aceptar un trabajo en un instituto público", pensó, mirando de vez en cuando a la única persona entre doscientos cincuenta y ocho alumnos que se había apuntado al club de ajedrez.

Ella se atusaba un mechón de pelo que tenía junto a la oreja y observaba entre curiosa y divertida al recién llegado. Se había corrido el rumor de que el nuevo profesor del club era Alexander Mügg, el campeón del mundo de 1982, pero nadie se lo había creído y por eso estaba allí sola. Mügg se caracterizaba por su imprevisibilidad sobre el tablero, algo que ella ansiaba. Creía que le iba a dar clase un señor con canas y voz gruñona, pero si eso servía para mejorar en ajedrez, lo soportaría. Sin embargo, aquel profesor era... distinto.

-¿Y dices que no sabes nada de ajedrez?

-No, señor Mügg. Nada de nada.

Mentía. Quería que él le enseñara todo desde cero.

-Vaya, no sabía que...

-Es usted profesor, ¿no? ¿Puede enseñarme?

-¿Por qué te has apuntado a este club, entonces? -, preguntó él, entornando los ojos y obviando la pregunta de la chica porque no veía necesidad de responder.

-Quiero aprender -, se encogió ella de hombros.

Se le daba muy mal hacerse la tonta, pero se esforzó. No podía intuir la edad de él, pues sus ojos parecían los de alguien que ha vivido trescientos años. Le gustaba la nariz alargada, sus pómulos, la curva precisa de la barbilla... esbozó una media sonrisa mientras lo contemplaba y aquello llamó la atención del profesor, que no sabía cómo encajar aquel gesto.

-Bien -, suspiró él, sin darle importancia-. Hoy te enseñaré la posición inicial de las figuras y cómo se mueve cada una. No creo que nos dé tiempo a empezar una partida...

Durante aquellos cincuenta minutos, él se expresó con tartamudeos al principio, pero luego su voz se volvió más segura al hablar de cosas que conocía como la palma de su mano. No pareció notar que su alumna estaba más concentrada en observar en silencio su rostro, estudiar sus gestos, sus tics nerviosos y en memorizar su voz. Y sus ojos... aquellos ojos no eran normales. Tenían un aire melancólico casi inapreciable, pero lo veías si te fijabas mucho.

"¿Cuándo le digo lo del campeonato?", pensó durante unos terribles segundos. Faltaba poco para el campeonato de la ciudad y esta era la verdadera razón por la que se había metido al club de ajedrez. "Bueno, enseñar a una novata a ser Karkarov en dos meses no debe ser imposible. No para él. Pero ya se lo propondré en la próxima clase..."