El Club de los Poetas Muertos

Donde los sueños se funden con la realidad.

viernes, marzo 24, 2006

Microrrelato (de Lluneta y Ozimandias)

Un día Patito Feo creció, y sus plumas grisáceas se convirtieron en el blanco más puro y olvidó que un día fue patito feo, y que jugaba con Tortuga Ojerosa, Conejo Raquítico y Mapache Apestoso. Y admirándose en el eterno espejo que era el lago, se olvidó de recordar que lo mas lindo estaba, no en las plumas, sino detrás de ellas.

domingo, marzo 19, 2006

Ausencia

…Y mi ángel me abandonó.

Me dejó sola, tirada en el barro. El pelo, sucio, me caía sobre la cara, tapándome los ojos, unos ojos llenos de desolación. Los puños apretados, las vestiduras hechas harapos, así me había dejado y así me quedaría para siempre.

En mi alma, la rabia y la frustración tejían una red de soledad que me empañaba los ojos, en los cuales la imagen de su partida se reflejaba una y otra vez, recordándome a cada instante que ya no estaba.

No sabía exactamente qué hacía allí, sólo sentía aflicción, un dolor que me quemaba por dentro. Era el mismo dolor que sentí cuando, tiempo atrás, mi musa también se marchó.

Venían a mi mente imágenes que no podía olvidar, estaban tatuadas en mi ánima. Veía montañas de libros ardiendo, novelas desgarradas, páginas por los suelos, estanterías derrumbadas… Recordaba perfectamente ese día, en el que el mundo lloró de angustia por la muerte de algo tan preciado como es la inspiración. Desde aquel día sufría espasmos cada vez que sentía en mi nuca el estertor de la soledad en la que me había sumido.

Observaba el movimiento de las nubes, grises y cargadas de electricidad, sin inmutarme. Ya nada importaba, sólo estábamos yo y mi agonía. Había vagado por lugares yermos, sin vida, hasta llegar a ese barrizal…

…y mi ángel me abandonó.

domingo, marzo 12, 2006

Nur

Tenía unos ojos fantásticos. No los describo así porque fueran simplemente bonitos, no, es que en verdad resultaban fascinantes.

Alrededor de la pupila, se apreciaba un finísmo aro de color avellana, que a su vez estaba rodeado de otra franja azulada. Esta se iba degradando en matices verdes hasta llegar al borde del iris, que se oscurecía con un leve tono dorado. Su tía, que era muy religiosa, solía decir que Dios intentó atrapar la luz en dos esferas cuando creó los ojos de Nur.

El efecto de su mirada no le era indiferente a nadie. La niña Nur hacía que las personas que la miraban a los ojos se sintieran muy felices o muy incómodas con su presencia, aunque ella no notaba nada de esto. Además, muy poca gente le sostenía la mirada durante más de un minuto, ni siquiera su propia familia. Había algo en ellos tan tremendamente poderoso, oculto y arrollador, que inconscientemente temían verse atrapados en ellos.

Sus ojos siguieron siendo igual de hipnóticos después del accidente, pero Nur dejó de ser la chiquilla alegre que besaba a su madre, escuchaba el programa de cuentos de la radio con su padre, dibujaba soles y arcoiris y que era tan sociable con niños y adultos.

-No, no será posible operarla.
-Es demasiado pequeña, y sus córneas están dañadas de por vida.
-En el hospital tenemos un psicólogo infantil que...
-Tal vez le interese el programa de Braille para niños que la biblioteca de la universidad ofrece...

La niña estaba agazapada debajo de las mantas, donde sabía a ciencia cierta que la luz no entraba, luego era normal que lo viera todo negro. Pero no quería sentir el calor del sol en la cara y seguir en la oscuridad. Era insoportable.

Cuando se despertó en el hospital, asustada e histérica, notó brazos que la sujetaban y voces que intentaban calmarla, pero Nur no entendía nada. Arañó y golpeó a las figuras que no podía ver y las enfermeras tuvieron que dormirla con una inyección y atarla a la cama para que no se hiciese daño a ella misma. Más tarde comentaron entre ellas, aún sorprendidas, la terrible reacción de Nur... no se les ocurrió pensar que es muy normal que una niña de siete años le tenga miedo a la oscuridad.

Al día siguiente, no dijo nada ni apenas se movió; se negó a comer y se quedó tendida en la cama, escondiendo la cabeza bajo las sábanas. La desataron, dado que ya no parecía agresiva. Le mandaron a un señor, supuestamente muy inteligente, que intentaba expicarle como si ella fuera tonta que se había quedado ciega, pero que eso no tenía por qué impedirle comer, reír, jugar y leer libros. Nur no dijo nada ni salió del refugio que se había montado bajo las mantas.

Ya era el segundo día que pasaba en el hospital cuando oyó a los médicos hablar con sus padres sobre un montón de cosas que ella no entendía. Aún así, intuyó que no eran buenas noticias, porque oía llorar a su madre y la voz preocupada de su padre.

Esa misma tarde, cuando los médicos, las enfermeras y sus padres no estaban intentando hacerla hablar o comer, alguien entró en su habitación.

-Pequeña, tienes que ver.

Nur se sobresaltó y asomó la cabeza al mundo, intentando ver a la persona de la voz desconocida. Entonces la realidad la golpeó como un puño y recordó que estaba ciega.

-¿Te he asustado? Me habrías oído entrar si hubieras estado escuchando a tu alrededor.

-Váyase. No le conozco -, contestó ella, con una voz algo ronca de no hablar.

-No pensaba quedarme, sólo quería darte unos consejos que te pueden ser muy útiles, Nur.

-¿Quién le ha dicho mi nombre?

-Seré breve -, el desconocido ignoró su pregunta-. Tienes que ver. Mira dentro de ti y encontrarás algo tan poderoso que deberás ocultar para seguir con vida.

-Soy ciega. No veo nada -, respondió, nada receptiva a los consejos.

-Pero verás. Confía en mí.

-¿Es que está sordo? ¡Le repito que estoy ciega! ¿Sabe lo que es la ceguera? -, replicó Nur, incorporándose en la cama y poniéndose muy malhumorada.

-Pero no estás sorda, ni has perdido el gusto, el tacto o el olfato. Tampoco pareces tonta... de hecho, creo que eres muy lista para tu edad. Por eso te enseñaré algo.

-No quiero que me enseñe nada, quiero que se vaya -, dijo la niña, por segunda vez.

El desconocido se puso algo nervioso, pero Nur no lo percibió.

-Tan sólo escucha mi voz. ¿Qué edad crees que tengo?

-Y yo qué sé...

-¿Soy un niño o un anciano?

-Ni lo uno ni lo otro. Parece mayor, pero no anciano.

-¿Y me oyes caminar? -, dio unos pasos para que la niña los escuchara.

-No pesa mucho, eso seguro. Y es ágil, probablemente delgado y algo bajito.

Nur escuchó una alegre y cantarina carcajada.

-¡Has acertado! ¿Lo ves? Yo tenía razón: eres muy lista para tu edad. Basta por hoy, Nur. Ahora descansa y piensa en esto. Cuando encuentres lo que tienes dentro de ti, me encontrarás.

-Eh, ¿quién es usted?

Pero el desconocido se había ido, y Nur no había oído abrirse ni cerrarse la puerta.

Después de aquella extraña visita, la niña recuperó el habla y el apetito, y se dedicó a desarrollar su oído y sus otros sentidos con fervor.

Al poco tiempo, le dieron el alta. Sus padres le dijeron que acabaría aquel curso con un profesor particular hasta que se acostumbrase a caminar sola por la calle con el bastón, amaestrasen a un labrador como perro lazarillo y leyera Braille con soltura. A petición de Nur, también tomaría clases de música, y le regalaron un piano y un violín en cuanto la niña los pidió, contentísimos de que mostrara interés por algo tan saludable.

Eso sí, no pasaba un solo día sin que la niña pensara en el misterioso hombre joven y de pasos ligeros que le había dicho tantas cosas en el hospital. Incluso dejaba la ventana de su habitación abierta por las noches por si se le ocurría volver a visitarla.

Poco a poco, Nur volvía a parecer alegre, pero sus padres no notaron dos cosas muy importantes en ella. Primero, que Nur se había convertido en adulta y nunca volvería a ser una niña. Esto se reflejó en sus ojos, que seguían siendo iguales en apariencia, pero mucho más tristes. Y segundo... los sentidos de la niña-que-ya-no-era-niña se estaban disparando sin que nadie lo apreciase.

Al principio, ni siquiera la propia Nur se dio cuenta. Encontró muy normal entrar en una habitación y valerse de su oído para saber dónde estaban situados los muebles y las personas, y tampoco le extrañó percibir los sentimientos de la gente que la rodeaba. "Seguro que le pasa a todos los ciegos", pensaba cuando casi podía tocar con los dedos la intranquilidad y la infelicidad de su madre, o la preocupación que tenía su padre por cosas que nada tenían que ver con su familia y la indiferencia que le suponía sentarse a la mesa con su esposa.

La cosa se complicó cuando Nur distinguió también los miedos, las debilidades y las pasiones de las personas que tenía cerca. Ya habían pasado varios meses y quedaba poco para que empezara en el colegio de primaria en el que sus padres la habían matriculado. Para acostumbrarse a no depender de su madre o de la asistenta todo el día, salía y daba largos paseos por la ciudad con su perro lazarillo, y así fue contactando con más personas. Sabía qué persona era realmente feliz y quién ocultaba un gran peso sobre su alma, si tenía cerca a alguien de corazón noble o a un mentiroso codicioso.

No podía leer los pensamientos, sino los sentimientos; no conocía los hechos, pero sí las sensaciones.

Decidió no contarle a nadie este descubrimiento ni nunca proclamar a los cuatro vientos los secretos más profundos de las almas de las personas.

Y él... ¿por qué no aparecía? El hombre misterioso había estado siempre presente en sus pensamientos, había tenido mil rostros distintos y, a falta de un nombre, Nur siempre pensaba en él, sin más.

"¿Es esto lo que él quería que descubriera? ¿Este es mi inmenso poder? Si lo es, ¿qué tiene de poderoso que yo pueda usar para algo bueno? Sería terrible utilizar esto como un arma, ni hablar. Y si no es lo que estoy buscando, ¿qué es lo que tengo dentro de mí? ¿Cuándo vendrá él?".

domingo, marzo 05, 2006

Cara sin rostro

Quiero ser una cara sin rostro, sin facciones, ni ojos tristes, ni sonrisa bonita, ni nariz graciosa, ni mofletes pellizcables.

No quiero sacar notas excelentes en biología, ni nefastas en matemáticas. No quiero gustar a los chicos, ni darles asco. No quiero vestir provocativamente, ni vestir como una mendigo, no quiero ir elegante, ni con un chandal de colores horteras, no quiero que me admiren, ni que me repudien, ni ser lider de un maravilloso grupo de musica, ni que me quieran, ni que me odien, ni ser demasiado alta, ni demasiado baja, ni demasiado linda, ni demasiado fea, ni que me echen de menos, ni que agradezcan mi falta. No quiero ser ni buen recuerdo, ni malo, ni orgánica, ni inorgánica, ni musico, ni escritora, ni dibujante. No quiero ser artista. Tampoco quiero querer, ni odiar, ni ver belleza, ni horrorizarme con maldad. No quiero ser.

Solo quiero pasear por las calles un día de lluvia, sola, sin que nadie me mire, ser tan común que no pueda ser. Y escabullirme de todos, y entrar en alguna casa, vacía, por ejemplo la mía, y sentarme deante del ordenador, o coger una libreta que no me llame la atencion, y con un boli cualquiera, empezar a escribir, y poder quejarme de que a nadie le importo, pero que al no querer a nadie, no me siento desgarrada, tan sólo, tremendamente sola. Y no comer, y estar cada día mas delgada, y dar asco, como algunas modelos, y vivir así cien años, escribiendo, contando, hablando a nadie.

Y un día, tras esos cien años y miles de escritos, moriría, y nadie lo sabría. Primero me pudriría, rodeada de mis escritos, dejando una mancha en el suelo, luego me convertiría en polvo encima de mis huesos, y estos, cubiertos por ropas antiguas que olerian a humedad y cerrado, serían una casita para que viviesen los ratones. Y los huesos se irían desgastando, poco a poco, muy poco a poco, y un día, cuando los ratones empezasen a roer mis textos, aparecerian unos señores por la puerta, para vaciar la casa y tirarla al suelo, y verian todos los textos, y los sacarían, y también la casa de los amiguitos roedores, y los pondrían en un museo, donde los estudiarian y llegarian a la conclusión de que ella (lo sabrian por los huesos de las caderas), era algo, un genio.